lunes, 3 de marzo de 2014

Veredas: rastro sobre la ciudad, San Fernando.



Veredas: rastro sobre la ciudad, San Fernando.
Fernando Vásquez González
Antropólogo

Recorrer la urbe, sentirla bajo los pies con sus imperfecciones, sentir el concreto, el pasto, la tierra, las piedras, caminar por esas largas lenguas de cemento que definen el espacio de movimiento asignado a las personas. Las veredas me dan una temporalidad espacial distinta a la calle. Como vagabundo peatón mi visibilidad se restringe a unos pocos metros delante de mí y, una más amplia, sobre la vereda de enfrente, las murallas de mi acera quedan fuera y no las veo en su totalidad. Claro como peatón, estoy más centrado en la vida diaria pisando veredas y calles que miles ya han transitado, con un ángulo de visión enfocado al frente y adelante, doblando una esquina se asoma el lugar buscado. Búsqueda desesperada del “tiempo perdido y olvidado”; en cada trazo de escombro, de ladrillo o adobe, de vereda, la observación tras el más leve indicio de algún sueño que me señale nuevas visiones, nuevas libertades y nuevas esperanzas.
Su materialidad marca fecha, es la historia de la urbanización. Veredas completas o inconclusas, algunas solo son un sendero de cemento flanqueado por tierra, pasto o basura. Caminando sobre el sendero pavimentado, suelo divisar restos de cimientos de antiguas casas; puedo ver ladrillos y adobes que, a menudo, se confunden con el suelo terroso. En algunas se conservan los bolones de piedras recordando los cimientos de las casas de adobe, quedan tapados por basura o a orillas de las murallas de las nuevas casas; esto se nota al alejarse del centro de la ciudad. Son estos espacios donde diversos tipos de ciudades se mezclan: casas que parecen ser de cualquier pueblo campesino, junto a viviendas urbanas, a talleres mecánicos, almacenes de barrio; en una cuadra con sus olores, texturas y paisaje recuerdan momentos históricos diferentes y no al actual.
Aunque las cintas de cemento cubren todas las aceras un solo punto de la ciudad, unos ínfimos metros en la esquina surponiente de Curalí con Chacabuco, queda una vereda de alquitrán, una gruesa capa de este material que pronto desaparecerá. Otras aceras las vemos levantadas por las raíces arbóreas, y unas terceras evitamos pisarlas por estar resbaladizas por las ciruelas de árboles plantados para su hermoseamiento.
La materialidad de las ruinas que pisan nuestros pies pasan desapercibidas, ellas hablan de la comodidad para moverse al interior de la ciudad evitando lodazales y pozas de agua del invierno y el polvo suelto del estío. Cuantos tipos de aceras pisan nuestros pies: quedan unos cinco metros de una de alquitrán, son de cemento en la mayor parte (como adoquines, bloques grandes y rectangulares, como baldosas), algunas hay, todavía, de piedra de cantera de Pelequen; en otras el concreto cubre estas piedras. Cuatro momentos históricos cubren la ciudad y caminamos sin fijarnos en ello, cuatro tipos marcados por la estética, del hermoseamiento/mejoramiento urbano. Así, bajo los pies, la historia no contada de las vías que permiten la circulación del peatón, andante a una velocidad que no ha variado en siglos.
No debo olvidar aquellas fuertes raíces modificando el paisaje urbano, nadie se ocupa de ellas entonces, libremente, rebeladas atacan el libre desplazamiento del peatón levantando el cemento de las veredas.










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